¿Meditación o maratón?

¿Meditación o maratón?

Desde hace más de 20 años he practicado yoga. El estilo de yoga que tuve la suerte de encontrarme a los 22 años era una práctica completa: no sólo me enseñaron a hacer asanas (posturas de yoga) sino que cada clase incluía una práctica de meditación y una práctica de pranayama (ejercicios de respiración) de unos 20-30 minutos cada una. Sólo después de esa hora de sentarnos en silencio venía la práctica de posturas de yoga.

Mi primera experiencia con la meditación fue complicada: en el salón todos parecían felices y yo sentía que era la única pasándola mal. Sufría de dolor de rodillas y de espalda por quedarme sentada inmóvil tanto tiempo, me daba comezón en todas partes del cuerpo; pero por querer “hacerlo bien” me quedaba quietecita hasta que sonara la campana. La verdad es que para mí esas practicas fueron un verdadero suplicio y por mucho tiempo no pude ver ningún resultado positivo. Las cosas empezaron a cambiar el día que mi maestra me dijo que si se me dormía la pierna, simplemente la estirara; que si me cansaba de estar sentada, sólo me acostara un rato y cuando pasara el malestar regresara a sentarme. No sé por qué pero cuando me dieron la libertad de moverme, milagrosamente mis achaques se redujeron a la mitad. Me di cuenta que la practica no era un deporte competitivo de a ver quién aguanta más. Comprendí al menos que por ahí no iba la cosa. Sin embargo, pasaron años (soy muy necia) hasta que comencé a incluir la meditación a mi práctica diaria en casa, y otros años más (soy muy persistente) hasta que verdaderamente adquirí el gusto por sentarme en silencio.

Hace poco leí un texto que menciona los efectos negativos de la meditación. En él, la autora comenta que buscaba salir de una crisis emocional yendo a un retiro de 10 días de meditación en el que se sentaban a hacer una práctica de atención consciente por 9 horas al día. El resultado fue que -además de habérsela pasado muy mal durante el retiro-, al terminar aumentó su ansiedad y su depresión. Menciona que la práctica de atención consciente lejos de darle una perspectiva más clara sobre sus problemas, la hacía enfocarse más y más en sus defectos. Durante un par de años sintió que debía seguir intentándolo hasta que decidió desistir de esa práctica intensa. Cuenta que eventualmente optó por una meditación que podía hacer diariamente por lapsos más cortos que le resultó mucho más benéfica.
La autora concluye que quienes organizan este tipo de retiros intensivos de meditación deberían tomar en cuenta que hay gente que tiene una historia de problemas mentales y emocionales y que en esos casos, el pasar tanto tiempo observando la mente puede desencadenar mayores desequilibrios.

A mi parecer, las consecuencias negativas que la gente a veces vive al meditar se deben en parte a que le estamos exigiendo demasiado a la meditación. Le estamos pidiendo que sea una práctica útil, que nos resuelva ansiedades, depresiones, resentimientos, y que nos haga felices (en un lapso de 10 días preferentemente).
Pero la meditación -o dhyana como se enseña en el yoga-, es una práctica que no puede hacerse como se hace un pastel: siguiendo la receta y buscando un resultado satisfactorio. La meditación es justo lo opuesto: es un momento de no hacer, de no esperar nada, de no exigencia. Es un momento de simplemente estar, de observar. Si te dicen que la meditación te va a hacer feliz y cuando te sientas a meditar eres todo menos feliz, entonces el resultado de la práctica es que te vas a sentir inadecuado, como si hubieras fracasado. Eso mismo que sentimos en tantos otros ámbitos en la vida, también puede sentirse en la meditación.

Mi proceso ha sido diferente. Al principio –como ya he contado –, odiaba sentarme a meditar, pero confié en mi maestra que me decía que si la comenzaba a incluir en mi práctica poco a poco, respetándome y sin forzarme, tal vez podría comenzar a gustarme. Así lo hice muchos años, meditando durante lapsos cortos en mi casa, a solas, sin seguir una técnica fija sino al estilo Montessori, haciendo lo que tenía ganas de hacer. Si te dicen que tienes que seguir una técnica, puedes hacerla bien o hacerla mal, pero si no hay técnica a seguir entonces no hay forma de fracasar. La práctica es sentarse en silencio y punto. Obvio que esta técnica libre fue de la mano con la lectura y el estudio de textos que explican lo que se busca con la meditación en el yoga. Si sabemos qué es lo que queremos lograr, la técnica específica que elijamos no importa tanto siempre y cuando nos acerque a nuestro objetivo. Y así ha sido por muchos años para mí: meditación libre sin provocarme sufrimiento acompañada de una práctica de asanas y de pranayama. Pero esto ha sido un proceso de más de 20 años. No es algo que se pueda acelerar. Me parece que el que alguien que no practica meditación regularmente se vaya a un retiro de 10 días de meditación en silencio, equivale a que una persona que nunca ha hecho ejercicio se inscriba a participar en un maratón: es una mala idea.

Nuestra cultura tiende al exceso: se nos pasan las cucharadas de comida, de bebida y de drogas; pero también tendemos a otro tipo de excesos: hacemos ejercicio obsesivamente, nos obligamos a hacer dietas extremas y queremos ir de cero a cien en cualquier disciplina que nos recomienden para ser sanos. Nos dicen que la meditación es muy buena para la mente y para la salud. Nos prometen que va a transformar nuestra vida, y ahí vamos a buscar el retiro más intenso que podemos encontrar esperando que ahí se curen todos nuestros males.

Pero el yoga se cuece a fuego lento.

La meditación es una rama del yoga, así lo ha sido por miles de años (sin exagerar). En los Yoga Sutras de Patanjali, un texto clásico del yoga (del año 100 d.C.), se habla mucho de la meditación, pero se incluye dentro de todo un programa de práctica, no como algo aislado. Patanjali sugiere que se practiquen las diferentes ramas juntas, y de hecho las define como las “extremidades del yoga” (ashtanga yoga). Los comentaristas han subrayado la importancia de la palabra extremidad o anga en sánscrito; lo explican con la imagen del crecimiento de un bebé en el vientre materno. Al feto no le crece una pierna y luego un brazo, sino que todas las extremidades se van desarrollando de manera simultánea.
Siguiendo el consejo de Patanjali, si te interesa la práctica de meditación, te recomiendo que la practiques de la mano del pranayama y de la mano de una práctica de posturas de yoga que te ayuden a liberar bloqueos corporales. Además, te sugiero que estudies un poco sobre qué es lo que busca con la meditación para que seas capaz de encontrar la técnica que mejor vaya con tu temperamento. Para todo esto ayuda tener un buen maestro o maestra de yoga que sea una guía en tu búsqueda, si tienes suerte la encontrarás.

La meditación no es buena o mala así que como la mente no es buena o mala. Simplemente es. La meditación nos pone cara a cara con nuestra mente, y para no asustarnos demasiado, lo mejor es hacerlo poco a poco, constante y paulatinamente.
El yoga es un suéter que te tienes que tejer a la medida. No dejes que nadie te imponga un estilo, el suéter es tuyo. Sólo hay que tener la paciencia de aprender a tejer, y de tejerlo con calmita.

 

Por Diana Eichner