Pranayama sin violencia

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Pranayama sin violencia

En las clases de yoga de hoy en día, rara vez nos damos el tiempo de sentarnos a respirar. El ritmo de vida que llevamos inevitablemente nos empuja a hacer actividades sin tregua. Resulta difícil frenar y simplemente sentarnos a no hacer nada mas que escuchar nuestra respiración.

El primer paso para la práctica de pranayama es ese: simplemente observar la respiración con la que llegas al tapete. No hacerle nada, no tratar de cambiarla, sólo notar cómo es. Es un momento de escucha interna, un momento de no-hacer.

¿En qué nos fijamos? Nos damos cuenta si nos cuesta trabajo inhalar o exhalar; notamos en qué parte del tronco estamos respirando; qué ritmo tiene nuestra respiración; si hay pausas entre la inhalación y la exhalación o no las hay; si es superficial o profunda.

Esta toma de consciencia no es tan obvia como parece, lo que buscamos son datos muy sutiles y muchas veces cuesta trabajo ponerse a observar detalles de una función tan natural y automática como lo es la respiración.

Además, es muy común que en el momento en que prestamos atención a la respiración, inconscientemente la cambiemos: sin querer la alargamos y la hacemos más profunda. Para recabar datos de la respiración natural hay que ser como unos espías que sigilosamente observan sin ser sorprendidos.

Una vez sabiendo cómo es que respiramos de manera natural, podemos iniciar con algún pranayama. Siempre comenzando con lo más sencillo y añadiendo paulatinamente técnicas más complejas. Vinyasa Krama. Paso a pasito.

Al final del pranayama podemos observar una vez más la respiración natural para constatar si algo cambió: si surgieron pausas más largas, si se hizo más profunda, si cambió el lugar en el tronco donde se da la expansión.

Comparamos y notamos los efectos inmediatos de la práctica: diferencias en la respiración así como en el estado mental, ambos van de la mano.

Pero hay un aspecto que tenemos que tratar con mucho cuidado: los kumbhakas o pausas. Cuando comencé a practicar yoga yo pensaba que mi avance en la práctica dependía de qué tan largos podía mantener los kumbhakas. Voluntariamente aguantaba la respiración lo más que podía. Obviamente el resultado era una respiración agitada y una buena dosis de ansiedad, a veces incluso insomnio. Mi sistema nervioso se estaba quejando.

En este contexto de práctica mal guiada y algo excesiva es donde tienen sentido las advertencias que se hacen acerca del pranayama: muchos dicen que hay que tener cuidado porque puede ser peligroso. Pero en realidad cualquier práctica en la que nos violentamos al forzarnos a hacer algo antes de estar listos puede llegar a ser peligrosa.

Hoy en día me resulta evidente que los kumbhakas son expresiones que deben surgir de manera espontánea. Si al estar relajados exhalamos profundamente y esperamos, nos daremos cuenta que el deseo de inhalar no llega inmediatamente sino que tarda unos segundos. De la misma manera, si estamos de vacaciones en la playa practicando pranayama, puede ser que sin querer, nuestras pausas se alarguen solitas. De eso se trata el pranayama. De hacer ejercicios de respiración y de escuchar las necesidades del cuerpo.

Mi maestra Orit Sen-Gupta dijo una vez que el pranayama era como un suéter que teníamos que tejernos a la medida. Hay que practicar los ejercicios de manera gradual y cautelosa y escuchar cómo los recibe el cuerpo. No podemos imponernos una respiración que dure 8 segundos de inhalación y 8 de exhalación así porque sí. Pero podemos observar cuánto es que dura de manera natural nuestra respiración y ver si poco a poco podemos irla alargando sin forzar.

Pero ¿cómo saber si estamos forzando? Después de un pranayama para el que no estamos listos invariablemente va a venir una respiración más agitada, o un suspiro, o alguna señal de que debemos recuperar el aliento. En cambio, al practicar de manera correcta, nuestra respiración se hace cada vez más pausada y profunda.

El pranayama entonces es la práctica perfecta para enseñarnos a no forzar, a no empujarnos y no acelerarnos. Nos invita a observar de manera precisa pero compasiva y a practicar con paciencia, abiertos a descubrir algo nuevo pero haciendo a un lado las expectativas. Una herramienta muy poderosa del yoga, curiosamente explorada por pocos.

 Por Diana Eichner.



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