YO TUVE AL HIJO DEL AMOR SIN BATA AZUL
Parto de de Guadalupe Corona
Aquella noche ninguno de los dos teníamos sueño. Parecía como si nos estuviera avisando. Por teléfono la partera con su acento gachupín me anunció: querida rompiste aguas, estás de parto. Yo me quedé sin saber qué hacer, lo había leído, lo había esperado tanto durante el último mes. Mi marido fue por todos los libros que teníamos sobre el tema y que no había leído durante los nueve meses del embarazo, los tiró sobre la cama e intentó ahí mismo escribir una tesis. Le ordené con apremio que hiciera la maleta. Luego me metí a la regadera, resultaba terapéutico pues la ducha conseguía relajarme. Con el agua corriendo por mi cuerpo sentí de nuevo aquel jalón de bienvenida que me daba el pequeñín, la punzada era más bien suave, pero se prolongaba durante algunos segundos.
Me puse a recordar como apenas una semana atrás fuimos a México en donde vive toda nuestra gente y al contar a la familia de mi esposo que yo tendría al bebé en parto natural, mi suegra se alteró visiblemente. Ella es enfermera y aunque había sido partera en los inicios de su carrera, ahora confiaba mucho más en las condiciones de vanguardia de la medicina oficialmente aceptada, lo cual quería decir que el mío era un embarazo de alto riesgo, pues yo tenía treinta y cinco años y eso me conducía incluso desde ya al diagnóstico de la cesárea inminente. Son las reglas que impone la ciencia médica para parir. Pero a mí una voz interna me decía que mi parto no sería intervenido de manera impersonal, mucho menos invasiva y grosera como les ha ocurrido a un número importante de madres quienes han vivido sus partos como un evento traumático, por el trato insensible y falto de elemental consideración humana en ciertas instituciones médicas.
Yo conocí a la partera que me asistió cuando tenía 6 meses de embarazo. Me había negado a realizar el curso típico, porque consideré que se trataba de un condicionamiento de tipo pavloviano, en el que si bien obtienes conocimientos sobre las transformaciones que ocurren en tu organismo y comprendes racionalmente lo que debes hacer el día de tu parto, no dejaba de ser un entrenamiento que más bien facilita el trabajo a los profesionales, pues de este modo, la mujer se concentra en respirar para dejar de gritar desmesuradamente y entregarse al conjunto de tareas que realizan quienes saben más que ella de su propio parto: te anestesian, te dicen cuándo y cómo respirar, de qué modo esperar sentada y conectada al titipuchal de aparatos y sueros. Al final la mujer lo vive como una experiencia de la que no se siente a cargo.
La partera me transmitió la seguridad necesaria para que mi intuición se desplegara. Yo sabía, y no sé exactamente por qué, pues ha sido mi primera y única experiencia de parto, que necesitaba conectarme conmigo misma, debía confiar en mi propio potencial, heredado desde que me conformé en el vientre de mi propia madre como mujer. Es una sabiduría pretérita con la que nacemos todas las mujeres. Una sabiduría que sólo se conecta y se libera en el ambiente adecuado para que puedas entregarte con todo tu ser a la energía del parto, mismo, que el especialista nos arrebata por privilegiar los adelantos tecnológicos y a conveniencia nos convence de los derechos que tenemos a no sentir dolor físico.
Si bien una victoria de las feministas, sin embargo, el sentido se manipula apoyando una renuncia temeraria frente al dolor, haciendo que neguemos la importante capacidad con que contamos todos los seres humanos para manejarlo y trascenderlo. ¿Por qué un buen número de madres cuentan que ni locas volverían a tener a su hijo en un hospital? ¿A quiénes conviene avalar la idea de anestesiar el dolor de parto? En suma qué es el dolor, ya se sabe que cada persona cuenta con un umbral específico para soportarlo. La experiencia dolorosa depende de cada estructura, personal, psicológica, de la manera como se le vive, asimila y transforma de un acto doloroso, físico, en fortaleza, en la confirmación del poder personal.
Durante los meses previos al nacimiento de mi hijo comprendí en el encuentro de mitos, miedos y fortalezas con las otras parejas de padres que acudíamos a las sesiones animadas por mi partera, que no se trataba de negar un dolor que nos pertenecía. ¿Masoquismo? No, más bien conexión con la naturaleza salvaje y primigenia que es la energía fundamental de creación, la mujer salvaje que nos habita y nos conecta con nuestra capacidad de transformación, a través del dolor de parto. Allí descubrí lo que la vida me ponía en charola de plata: la posibilidad de recuperar la confianza en mi misma, con ello recobrar mi poder personal, mi autoestima positiva, mi fuerza, mi capacidad de creer y de crear. Es una pena que los profesionales no comprendan esto, porque sin duda el apoyo de los adelantos tecnológicos cobraría un mejor sentido, y no que sólo han desplazado a las mujeres de su papel protagónico en el parto. Alejando toda muestra de emoción y de conexión humana con la parturienta…pareciera que nacer es un mero procedimiento instrumental...
Si cada ser humano es único, por qué uniformar la forma en que debe nacer un niño o niña. Estoy convencida de que cuando un bebé nace sin intervención de anestesias ni sustancias ajenas a la naturaleza humana, nace totalmente despierto, asimilando con sus verdaderos sentidos el mundo al que viene por primera vez. ¿El resultado? Unos niños y niñas mucho más seguros, porque se les ha acompañado a nacer a su propio ritmo, sin contracciones artificiales, sino con el impulso de la vida, su vida. Eso hacen que lleguen a su tiempo a todo lo demás: gatear, caminar, balbucear, hablar.
Fue la partera española la que me ayudó a aprender y reconfirmar la sabiduría de mi madre, mi abuela, mi bisabuela, mi tatarabuela y todas las mujeres que han estado en el mundo antes que yo. Mis abuelas ancestrales. Mi intuición me llevó a desear esto para nosotros, para mí, para mi hijo y para el padre de mi hijo quien siempre ha sido un aliado. Un nacimiento natural con esta filosofía: ¿por qué no reivindicar el derecho a vivir un parto que me perteneciera, si era mío y de nadie más? Por qué no ejercer la autodeterminación para poder conectarme con mi naturaleza salvaje, igual que las leonas, las osas o las lobas… conectarme con el alma femenina, con el origen de lo femenino, con mi naturaleza instintiva para establecer y confirmar un territorio, mi propio cuerpo y sus dolores de parto, de creación.
Recuerdo cómo defendí frente a la familia de mi marido, ¡una enfermera y dos médicos! mi derecho a experimentar mi parto con la seguridad de que mi intuición me respaldaba. Aquella vez recibí una diversidad de puntos de vista por nuestra decisión, desde que éramos irresponsablemente románticos, hasta que para tener a un hijo en esas condiciones había que tener muchos huevos. El tema resultaba muy delicado para este consejo tribal, a quienes se les estábamos derrumbando el paradigma.
En el caso de mi familia, yo los había acostumbrado a lo largo de mi vida a mi rebeldía y mi terquedad para realizar lo que me proponía hasta las últimas consecuencias. Aunque les inquietaba esto les parecía ciertamente natural. Me respetaban y cada uno vivía a su manera mi decisión. Fue hasta que celebramos la reunión previa al alumbramiento cuando mis queridas hermanas y madre, comprendieron mi motivación esencial.
Antes del nacimiento, la partera encabezó una reunión para que el grupo de gente al cual invitamos pudiera compartir previamente parte de la experiencia que viviríamos en el parto. Ese día proyectó un video con el que constatamos la experiencia de otras mujeres pariendo. Ese encuentro fue crucial para los familiares y amigos, conocer a una partera profesional y contemporánea en acción, nada más lejos a la fantasía que rodea la imagen: una cavernaria con collares de semillas, huesos atorados en el pelo y líneas de colores marcadas en la cara. No, ésta era una mujer madura, hermosa, más bien normal, sabia, que ofrecía toda la información indispensable; pero sobre todo, la seguridad y confianza que les hizo dejar de lado todas las dudas, y poner en su justa perspectiva los miedos imaginados y reales, con respecto de un nacimiento natural en pleno siglo XXI. A través de las imágenes del milagro de la vida, todos creímos de nuevo en algo que habíamos olvidado: el parto natural es un acontecimiento maravilloso el cual debe contar con un ambiente especial para que se de la magia del momento. Y debe ser apoyado con decisión, confianza y amor por parte de la familia extensa. ¿Por qué no hemos de poder recuperar un espacio tan importante como es el derecho a nacer y parir de manera natural?
Tampoco estamos haciendo la apología del irracional aferrado. Entendemos también que si un bebé y una mamá requieren de la asistencia médica, han de intervenir el conjunto de recursos asistenciales y el conocimiento médico para salvaguardar la vida de ambos, ha de ser previsto, y encarado como corresponde. Por cesárea nacieron tres de los bebés contemporáneos de mi hijo. La partera supo diagnosticar a tiempo y muy bien. Las madres de estos niños y niñas comprendieron la importancia de la intervención médica, pero sensible, comprensiva y humanista.
Cuando sentí las contracciones mucho más fuertes y seguidas dijo que estábamos listas para ir a la Maternidad, un pequeño hospital local donde pudimos hacer mi parto en la intimidad de la habitación, casi como si fuera mi casa. Las contracciones eran cada vez más intensas, me hacían detener el paso para recuperar el aliento. Me acomodé en el asiento trasero del taxi, a quien ordenaba detener el coche donde fuera, para centrar mi fuerza y mi atención en la siguiente contracción.
Mi partera confirmó que todo transcurría rápido y bien. Que no me olvidara de respirar. Entonces las agudas contracciones se hicieron cada vez más fuertes. No pensé en nada, Marian nos había contado que cada mujer, cuando cuenta con el ambiente adecuado de parto, se conecta con su ser muy interno y decide el tipo de movimientos que su cuerpo necesita. De este modo yo seguía los dictados de mi cuerpo, caminé por el espacio tratando de encontrar mi lugar; en una de esas fui a sentarme sobre las piernas de mi esposo, quien me dio masaje en la cintura reconfortándome, pero lo que me inyectaba de maravillosa fuerza y contrarrestaba el dolor era la sentadilla con sonido profundo. Pedí escuchar el mantra que había estando usando durante mis ejercicios de visualización y relajación. Parecía como si todo se hubiera armonizado con aquella secuencia rítmica y repetitiva.
Me pasé durante media hora, o más, haciendo este ejercicio agotador, ya estaba cansada, entonces la partera me sugirió subir a la cama que estaba acomodada como una gran silla con respaldo, para que pudiera descansar la espalda. Desde un rato antes yo había empezado a tener la sensación de pujo, así que la contracción se empezó a transformar en deseo de pujar, por cierto no dolía tanto, pero después se presentó como fase dolorosamente ardiente…hasta que escuché el coro de los tres que me acompañaban en la habitación, la partera, el papá y la enfermera me alentaban para hacer el pujo definitivo, la cabecita había coronado, como yo no soportaba aquel dolor quemante, detenía el impulso de pujar y regresaba al bebé.
Lucha de opuestos, el que pujaba por salir y su mamá que no quería pujar para que saliera… Después de un breve dolor agudo, profundamente ardiente, sentí cómo salió expulsado mi hermoso retoño al tiempo que se oía el canto del gallo afuera. La partera lo acostó sobre mi pecho cerca de mi corazón, su piel caliente palpitaba sobre mí, no lloró, me miraba con los ojos bien abiertos, su piel brillaba de un modo especial. Entonces me abandoné y relajada abracé a mi hermoso hijo.
Lo mejor de todo es que durante esta experiencia no tuve que usar la bata azul.