Así es cuando se rompe

Alejandro Quiyono

Así es cuando se rompe

Se rompió tu corazón de nuevo,

la ilusión estalló,

ya no escuchas a los pájaros cantar,

y las nubes nublan el pensamiento.

Esperabas el cielo

pero te arrastras dolorosamente por los suelos.

Entregaste tu profundo anhelo en un pañuelo,

pero lo encontraste tirado como vil desecho.

Apostaste tu valiente resto en un deseo,

volviste a tirar rezos a la diosa del amor,

pero regresaste en la bancarrota del corazón.

Así es el enamoramiento.

Lo tienes todo por un momento,

las montañas son rosa caramelo

flotas sobre dulces pétalos

y el viento acaricia tu desvelo.

Te sientes furiosamente vivo

lleno de arrojo y ardor

repleto de mariposas con rojos destellos

pleno entre suspiros de calor.

Pero luego lo pierdes todo entre jalones y reclamos del apego.

Pero luego lo pierdes en el laberinto de lo que pensabas era amor.

Olvidas a tu ser en la infinita búsqueda del príncipe azulado

no reconoces al hermoso sapo que fielmente está a tu lado.

El amor es diferente,

el amor exige respeto y valor

el amor comanda rendición y aceptación,

el amor empieza por uno y no por otro

el amor pide el despertar de la consciencia y compasión.

Así es cuando se rompe

pero si no se rompiera

no te darías cuenta,

no aprenderías de lo sano que es el dolor

no abrirías las puertas del alma

no entenderías los pasos de los sabios

no te reconocerías en el inagotable océano del amor.

 

16 de octubre del 1987, se partía mi corazón por segunda vez. Claramente pude escuchar el crujido desde lo profundo, un sonoro aviso de los meses grises que vendrían. La historia se repetía y yo no entendía ni palabra de lo que me decían esos sublimes ojos verdes. Las piernas temblorosas apenas pudieron sostener los huesos deshechos por el peso del soplo de unos labios de carmín.

No soy tu, soy yo. La máxima maléfica, la sentencia fatídica, el epitafio de lo que no se quiere decir pero es claro como el verde de sus ojos. Tan claro que no tardo ni una semana en encontrar su otro yo.

Tres meses de ilusión adolescente pasaron para tatuar el pensamiento que tenía del amor. Nada importante si lo pienso ahora, pero en ese momento se sintió como una eternidad sellada entre manos sudadas y uno que otro inolvidable beso. Tres meses de sueño, que solo sentiría en contadas ocasiones nuevamente.

Así es la ilusión del enamoramiento, vemos cosas que no hay. Sentimos algo que creemos es verdad, pero solo es una película que se cuenta y canta hormonalmente. Al principio todo aparenta una perfección inexpugnable, un idilio de fábula, un romance sin igual. Son cañones de algodón y murallas de azúcar glaseado. Este cuento de hadas máximo aguanta 3 largos años. Bastan mil días para romper el hechizo y que aparezca el ser normal y común que siempre había estado ahí.

Es en ese momento cuando la relación realmente empieza. A través del fuego, el amor juvenil es purificado y zarandeado. A través de la conciencia, los ojos despiertan de su ceguera y empiezan a ver lo que realmente hay. Darse cuenta duele y no todas las relaciones aguantan tal trajín. Darse cuenta implica decisiones, negociaciones y esfuerzo. Es dar aquí para recibir allá, no necesariamente condicionado, pero al final debe quedar algún tipo de equilibrio. Es pensar en el otro confiando en que el otro de alguna forma corresponderá.

El problema surge cuando aferramos el barco a la ilusión del pasado. Más temprano que tarde debemos aceptar el cambio, ajustarnos a la realidad revelada. Resistirse es el intento adolescente que busca mantenerse en la fantasía. Adecuarse a una relación real necesita paciencia, esta maravillosa cualidad de la constancia de ser lo que toca ser, vivir lo que toca vivir, cuando nos toca. Es la capacidad líquida de adaptarse a la única verdad universal: el cambio.

Así es cuando se rompe. Y lo que se rompe es el cascarón del corazón infantil. Y si somos capaces de aceptar el dolor. Aprender del dolor. Entonces el ser que surge de ese quebranto es mágico. Al desgarrarse el corazón rosa nace un ser espectacularmente despierto y rojo. Muere el aprendiz y nace el mago.

Por Alejandro Quiyono