El Despertar de los Sentidos

El Despertar de los Sentidos

El mundo nos ofrece una permanente riqueza sensorial. De hecho es imposible comprender nuestra realidad sin primero detectarla por medio del intrincado radar de nuestros sentidos. Podemos extender los sentidos por medio de microscopios, satélites, estetoscopios o lentes, pero aquello que este más allá de los mismos nos será imperceptible. Los sentidos definen la frontera de la conciencia, y, como nacemos exploradores y buscadores de lo desconocido, con frecuencia, a lo largo de nuestra vida, nos sumergimos en experiencias que enaltecen los sentidos, unas para nuestro bienestar y otras capaces de destruirnos. Desde la música, los sabores, los perfumes, hasta el cigarro, el alcohol o las drogas, o experiencias tales como los sabores del pescado fugu en Japón, por cuyo deleite, otorgado por la exacta porción de veneno que un chef le deja en su preparación, algunas personas deciden arriesgar la vida, y cada año, cierto número de comensales muere mientras lo come.

La manera en que deleitamos nuestros sentidos varía de cultura a cultura, pero el modo en el que los utilizamos es idéntico.

Nuestros sentidos nos conectan al pasado, muchas veces más que las ideas. Los sentidos no sólo “hacen sentido de la vida”, sino que fragmentan la realidad en porciones vibrantes de recuerdos que se reconstruyen en nuestra memoria, y le dan un sentido especial a nuestras vidas. Los sentidos dan al cerebro información como si fueran piezas de rompecabezas, de tal manera que al solo ver una pequeña porción de un objeto conocido podemos deducir el objeto completo, al solo oler un aroma conocido podemos remitirnos a una memoria importante, al solo rozar una textura agradable podemos deleitarnos profundamente de ese contacto.

Somos seres sintientes y la connotación de esa palabra es el ser conscientes. “Estas fuera de tus sentidos” tiene una implicación de descontrol, mientras que “liberarnos de los sentidos” remite, en las tradiciones orientales, a no ser esclavo de lo que los sentidos persiguen. Es, entonces, un privilegio y un peligro ser seres mortales y ser seres sintientes. Vale la pena reflexionar sobre ello y más aún recuperarlos.

En un mundo sobre-estimulado visualmente, sonoramente y a nivel de sabores, (muchos de ellos artificiales), la saturación se ha vuelto dañina, incluso peligrosa. Debemos regresar a sentir las texturas de la vida en nuestra vida cotidiana.

Aunque nos sintamos seres evolucionados, nuestro cuerpo responde instintivamente ante la vida por medio de procesos químicos tales como es la adrenalina, marcamos territorios, creamos obras de arte para enaltecer nuestros entornos y vivimos y sufrimos los efectos sensoriales del amor, el deseo, la lealtad y la pasión.

Para entender la espléndida fiebre que es la conciencia, debemos recuperar la inteligencia sensorial que habita en nuestro cuerpo, que reside en la riqueza de nuestas sensaciones, y sobre todo, debemos hacer una pausa para volver a maravillarnos, para volver a sorprendernos y deleitarnos.

Que mejor territorio que la práctica consciente y profunda de yoga, capaz de ofrecernos la posibilidad de sentir y percibir el movimiento como una serie de gestos sensoriales, que nos invita, a través del movimiento, o de pranayama a armonizar nuestra respiración, y a despertar al olfato y al gusto. El yoga nos propone momentos de silencio, de tener los ojos cerrados, de conectarnos con el sonido, con la escucha interna, nos ofrece la práctica de Pratyahara, como umbral entre el hacer y el sentir. Cuando nos permitimos un espacio de silencio, o, la oportunidad de un retiro, nuestros sentidos se enaltecen y recalibramos nuestro estar en el mundo.

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