El yoga y la tolerancia a la frustración

El yoga y la tolerancia a la frustración

Ezequiel está sentado intentando hacer su tarea de matemáticas. Mueve sus pies de forma nerviosa, juega con su lápiz, mira a momentos hacia su cuaderno y a momentos hacia el entorno. No hay algo realmente nuevo en su tarea y el ambiente en casa y en la escuela es afectuoso y paciente. De pronto, Ezequiel arroja el lápiz, se levanta de golpe y se va a su cuarto, donde se encierra poniendo el seguro. Su mamá le pregunta si ya terminó la tarea, a lo que él responde con un tono de voz elevado que está harto de tener que hacer esa tarea aburrida. Su mamá no se sorprende: está ya acostumbrada a ese tipo de exabruptos, ya sea por si la tarea es difícil, demasiado fácil pero larga, por si tiene él que arreglar su cuarto o cooperar en actividades del hogar, o incluso si se le anima a que aprenda a andar en bicicleta.

Frecuentemente al hablar de baja tolerancia a la frustración imágenes parecidas a la anterior vienen a nuestra cabeza. Muchos de nosotros solemos pensar en los niños al tocar dicho tema. Sin embargo, no era especialmente en los niños en lo que estaba pensando Albert Ellis cuando creó dicho concepto. Este excelente terapeuta estaba pensando también en los adultos que nos desesperamos y nos rendimos durante un proyecto (como limpiar la casa, terminar de leer un libro, hacer una dieta, practicar ejercicio con regularidad, etc.) al hablar de la baja tolerancia a la frustración como un componente generador de creencias y conductas que no nos permiten funcionar apropiadamente y menos aún realizarnos como personas. Cuando manifestamos esa característica, solemos correr hacia fuentes de placer más inmediatas a pesar del derrotismo, la vergüenza y la baja estima que tenemos que pagar como precio por el abandono temporal o definitivo de nuestros objetivos.

Sin embargo, dicho de maneras ligeramente distintas, la dificultad para concentrarnos y estar plenamente presentes es una cualidad humana desde tiempos ancestrales. Tanto es así, que el yoga por sí mismo puede definirse como el cese de esas distracciones, el cese de los giros de la consciencia que nos impiden enfocarnos. Al ser definido así, el yoga es tanto el estado al que llegamos cuando logramos entregarnos a estados de plena atención como el camino de práctica que nos lleva a esa entrega.

De esta forma, podemos entender en términos contemporáneos a la meditación y al yoga como formas de realización personal a partir de enfrentarnos con nuestra tolerancia a la frustración. El hecho de quedarnos quietos en una postura meditativa y buscar relajar nuestra mente y mantenernos quietos a pesar del arrollo de pensamientos que surgen cuestionándonos (“¿De qué me sirve quedarme aquí sin hacer nada?”, “¿Qué voy a lograr sólo observando mi respiración y quedándome inmóvil?”, por ejemplo), es el camino para el desarrollo de estados mentales de tranquilidad cuando nos enfrentamos a situaciones incómodas. De la misma manera, el permanecer largar estadías en posturas que al poco tiempo de sostenerlas convocan a una respuesta de alarma en nuestro cuerpo, es una vía prodigiosa para generar una mayor tolerancia a la frustración.

Así, la tolerancia a la frustración es un aliado que nos permite ser cada vez más capaces de conocernos a nosotros mismos con valentía, permitirnos reconocer nuestro vacío existencial y darle un sentido más profundo a nuestras vidas, dotándonos de la fuerza necesaria para alcanzar nuestros sueños.

Valga aquí compartirles unas preguntas que suelo hacerme:

Dentro de la alta diversidad de formas en las que podemos practicar el yoga (desde lo muy estático hasta lo muy fluido, desde la muy alta consciencia corporal hasta la alta velocidad que la limita, desde el silencio más profundo hasta la música más estridente, etc.) ¿Qué tipo de prácticas ayudarán más a desarrollar la tolerancia a la frustración?

Al observar que la mayoría de las prácticas de yoga para niños enseñan las posturas no como una práctica seria y silenciosa, sino por medio de juegos, chistes y nombres graciosos para las posturas ¿Será ello un reflejo de nuestro temor de llevar a los niños a confrontarse con su tolerancia a la frustración?

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