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Haz de tu enseñanza un territorio incluyente

Enseñanza

Como maestros de yoga, es muy importante reconocer cuan poderoso es el lenguaje que utilizamos cuando impartimos nuestras clases. Nuestra manera de hablar es una herramienta muy potente.

A algunos maestros les gusta hablar más a que a otros, ya sea que utilicen un lenguaje más directivo o más invitador, pero lo que decimos o dejamos de decir en una clase es más importante que lo que imaginamos.

Se requiere que como maestro, nos planteemos qué es lo que queremos lograr a través de lo que comunicamos en clase; qué es lo que queremos que exploren nuestros alumnos, durante ese período en el que entran en contacto con nuestra visión de yoga.

A mí, en mi enseñanza, lo que más me interesa es crear un ambiente de confianza donde lo realmente importante es la escucha que el alumno pueda tener de sí mismo, mas allá que de mis instrucciones.

Considero al espacio que se crea durante la enseñanza, un espacio sagrado donde poder brindar al alumno una oportunidad de estar consigo mismo, desde el reconocimiento de su propia naturaleza, de su Ser.

Me interesa que el alumno tenga la oportunidad de explorar la frontera entre el esfuerzo y la comodidad, pues veo a la clase como un territorio único de auto-obsevación y auto-reconocimiento, que refleja cómo experimentamos ese mismo espectro en nuestra vida diaria.

El propósito principal de la práctica, es para mí, una extraordinaria puerta a la sanación y al reconocimiento del bienestar, siendo ambos el resultado de distinguir  áreas físicas y emocionales, donde, quizás, nos experimentamos a nosotros mismos desde el dolor o desde el gozo.

Me interesa que encuentren herramientas para reducir el sufrimiento, para disolver la identificación con roles que nos encasillan y para cultivar la “conciencia testigo”.

Creo que no existe nada más poderoso que aprender a sentirnos seguros en nuestro cuerpo, a respetarlo y a percibirlo desde sus propios ritmos.

Me gustaría compartirte algunas observaciones sobre qué hacer y qué no es conveniente hacer, como maestro, cuando impartes tus clases:

  • Plantea en tu clase qué te interesa saber sobre sus lesiones, si es que las tienen, pero preferentemente crea el espacio para que puedan explicártelo antes o después de la clase, ya que es mas cómodo y mas significativo.

Eso no significa que no es conveniente mencionar áreas específicas donde la gente puede estar experimentando alguna molestia; ya sea espalda baja, tobillos, muñecas, cuello, etc.  pues eso va ayudar a tus alumnos a refinar sus sensaciones, y a través de ello identificarlas fácilmente.

Así mismo, abrirás la oportunidad para reconocer que no somos perfectos, que el trabajo que realizamos tiene por sí mismo un ingrediente terapéutico, que no practicamos para ser vistos, sino para adentrarnos en nuestro sentir, y saber que tenemos el poder sobre nuestro propio bienestar.

Crea un entorno en el cual se reconozcan bienvenidos en su propio cuerpo, tal y como es.

Promover en nuestros alumnos la posibilidad y el espacio de hablar sobre su cuerpo, y lo que les concierne, mas allá de clasificarlo por sus imperfecciones, es un gran regalo, en una sociedad que considera que debemos perfeccionar nuestra apariencia corporal, antes de pensar en nuestro bienestar.

  • Utiliza desde el inicio, un lenguaje que denote que en tu clase es importante respetar el ritmo propio, la curiosidad, el no juicio, la inclusividad y sobre todo el no competir.

Este tipo de lenguaje, abre el espacio a nuestros estudiantes a ser tal y como son, a reconocer que cada uno de nosotros nos sentimos diferente cada día, que es más importante trabajar desde ese lugar en donde hoy me encuentro, y que la práctica es un terreno para transformar el dolor, la incomodidad, el cansancio, la confusión.

A mí me gusta recordarles que el sufrimiento auto-impuesto por medio de forzarnos a ser quienes no somos no es un camino que nos conduce hacia nosotros mismos, que reconocer sensaciones es una de las herramientas poderosas de auto-respeto; que es desde el sentir, no desde el forzar, que nace toda transformación.

Alejarse del dolor y del sufrimiento innecesario es un recurso maravilloso para todo lo que hacemos en la vida, ya sean nuestras relaciones personales o nuestro trabajo. No hay mejor espacio de trabajo, que nuestra práctica de yoga, para encontrar nuevos caminos.

  • Recuérdales que las posturas son herramientas y no objetivos o metas a lograr, ya que no existen “posturas mágicas” pues las asanas por sí mismas no tienen poder, su poder reside en cómo y cuándo las utilizas. Además existen muchos otros aspectos del yoga que son igual de importantes: la meditación, la reflexión, la respiración consciente, y todos ellos están a su alcance.
  • Ratifica que tu espacio de enseñanza es más un laboratorio y un territorio de exploración, en el que se comparte el deseo de escucharse y honrarse a uno mismo, pues en realidad, cada uno de nosotros se encuentra en un momento distinto de práctica, cada día, más que en “un nivel distinto”. Quita de tu lenguaje las palabras de “avanzado” y “principiante”, ya que invitan a la descalificación. Cuando clasificamos los niveles, lo único que creamos es una oportunidad para que los practicantes se alejen de lo que sienten y se trasladen a su mente, donde tenderán a encontrar mil razones para explicarse porque los demás son mejores que ellos, o porque antes podían hacer cosas que hoy no pueden hacer o porque nunca llegarán a ser como los demás.
  • Invita a que se sientan en la libertad de dejar de hacer una postura, y especialmente a saber que tienen la libertad para probar distintas modificaciones de la misma.
  • Utiliza un lenguaje de enseñanza que invita a la exploración, a la curiosidad, a probar. Es muy diferente dar instrucciones que dar opciones, pues eso les permitirá descubrir diferentes maneras de moverse.
  • Y, en especial, no determines lo que deben sentir. Aléjate del deseo de determinar, desde tí, cómo se siente alargar, llegar más lejos, quedarse en un cierto rango.  Empodéralos a que descubran, y describan para sí mismos lo que sienten, cada momento y cada día.

Por Rosemary Atri

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