La práctica natural: De las riquezas

La práctica natural: De las riquezas

Entre tantos, hay un debate que ha atravesado la historia de la humanidad: ¿Somos o no somos parte de la naturaleza? Como un sentimiento constante  de división, permea todas las actividades del hombre. Pero cabe preguntarse si no es también la naturaleza la que ha creado a estos seres humanos capaces, entre otras cosas, de cuestionar su propia pertenencia, ¿no es un proceso natural la evolución, el lenguaje, el paso de lo simple a lo complejo? La pregunta por nuestro lugar en la naturaleza, como humanos, es más que una pregunta cuando su intriga arroja cada día un resultado determinante. El cuestionamiento puede movilizar a la unión de una respuesta afirmativa pero transporta a su vez, el germen de una separación que corta los lazos entre su especie y el resto de los seres vivientes. El hombre es un curioso animal que existe a partir de sus semejantes, aunque después no le baste una vida para relegarlos.

La Iluminación, que es piedra de búsqueda para el Yogi, que comprende la posibilidad de su realización, es una cadena que parte y llega del otro. Entiende que la libertad se acaricia tras la liberación de los otros, la serenidad individual tras la gracia compartida. El espejo que apunta hacia el Samadhi refleja la historia de todos los seres y no sólo la del buscador. No hay que quitar a otros del camino para hallar la felicidad sino invitarlos, acompañarlos.  Así, el lindero hacia la iluminación que propone Patanjali implica en cada uno de sus puntos, una relación de respeto y dignidad con todos los seres de la tierra, con la tierra misma. En el primer punto, Yama, como un libro de cuidado hacia el otro, compromete al hombre con sus semejantes no en un sentido de prohibición, sino abriendo una dimensión donde cada uno de sus actos prometen una posibilidad de dicha y estabilidad. Ahimsa es una: en la presencia de uno firmemente establecido en la no-violencia, todas las hostilidades cesan. Satya es otra: Para aquel establecido en la verdad, todas las acciones y sus resultados se pondrán a su servicio. En YS II-37 dice: ASTEYA PRATISTHAYAM SARVA RATNOPASTHANAM. Para aquel que no roba, toda la riqueza llegará. Y qué mayor riqueza que la de tener tiempo para disfrutar de la vida que nos ha sido dada. Que cada momento es irrepetible.
La gran importancia que tiene este Sutra radica en la amplitud de la palabra robar. Enajenar a otros no se reduce a las formas legales y populares de esta conducta. Robar incluye el tiempo que tomamos de otros a su costa, su alegría, su tranquilidad, su atención. No robar implica un amor constante, amar a otro más allá de la correspondencia que pueda darnos y agradecerlo. No robar es la gratitud de cada instante de vida, sin el arrebatamiento de lo posible. Es considerar en todo momento cómo compartir lo que se tiene. En la interpretación de este Sutra, Sri Swami Satchidananda señala que todos robamos de la naturaleza; como humanos hemos robado de ella por ambición, secando sus aguas, su tierra, esclavizando al resto de los animales que la pueblan, contaminándola. Robamos porque tomamos más de lo necesario para la subsistencia, porque en muchas ocasiones se toma sin cuidado y no hay un proyecto que la reintegre.   
De atravesar la codicia encontraríamos que la realización del tener está en compartir. Más allá de la avaricia está el contento de lo que tenemos, la multiplicación de su gratuidad y una mente serena que trae consigo infinidad de riquezas. La avaricia obedece al temor de una posible ausencia, sea económica, de salud o de amor. Una mente que ha encontrado la serenidad sabe que nada le faltará, que aquello que debe venir llegará en su tiempo. No robar de otros, de uno mismo, consiente una lírica de lo que habrá de venir con paciencia y  templanza. Si no perseguimos descaradamente las riquezas de la vida, ellas vendrán por su cuenta. Es una ley de la naturaleza que sabe darse frondosa a aquellos que la cuidan y la respetan; ya lo vemos en la actualidad de los cambios climáticos, robarle su equilibrio no nos recompensa. Esto mismo sucede en el amor o la libertad. La práctica de asanas obedece a la misma ley: enalteciendo la respiración, las pausas, el silencio, la devoción y la ecuanimidad, la resistencia a las posturas cede de forma definitiva. Forzar el cuerpo cierra su ventana. Todo lo vivo florece con cuidado, así como el manto ligero de cada postura. La práctica de asanas debe ser como la música en un oído libre, la continuidad que no teme perder porque sabe que lo único que puede ganar ya lo tiene consigo. Los nombres de las asanas guardan la palabra de lo vivo: animales, plantas y divinidades que exaltan su admiración, contento, inclinación frente a su verdad, piedad y mesura. El cuerpo de un Yogi en asana es una tierra firme y abierta para la manifestación de todas las formas de vida. Queda en cada uno de nosotros la posibilidad de encontrar la paz y la alegría de vivir, pero también de compartirla con otros.
Namasté.
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Ideas para ayudar a los animales:
Siempre se puede compartir lo que se tiene con otros, sin importar su especie o su tamaño. El amor no se divide, se multiplica. Y dado que todos los seres vivos necesitamos prácticamente de lo mismo, un techo, alimento y libertad, resulta muy sencillo compartir estos recursos con otros. Adoptar responsablemente a una mascota de un refugio, obsequiar algún alimento a los animales de la calle, colocar agua a disposición de las aves en algún patio o simplemente compartir el derecho a  la vida con todos, sacando a los insectos que se hallan en un lugar no deseado en lugar de matarlos, son ideas simples que sustentan el fondo de la práctica del yoga, que debería ser una expresión de amor y respeto incondicionales.