Meditando en el tráfico de la Ciudad

Meditando en el tráfico de la Ciudad

Estamos sentados en un salón de yoga. Son las ocho de la mañana de un lunes y nos disponemos a meditar por treinta minutos antes de iniciar la clase de ásanas. Nadie dice nada, pero muchos rostros tienen una expresión de confusión. Por fin, alguien se anima a preguntar con voz vacilante: “Este… ¿qué, específicamente, es lo que tenemos que hacer?” Los demás sonríen discretamente al confirmar que en efecto, no son los únicos que se sienten perplejos ante la idea de sentarse por media hora sobre un cojín sin hacer absolutamente nada. Nuestra mente, acostumbrada a un ritmo incesante de actividad, no sabe cómo dejar de hacer cosas, ni siquiera por unos cuantos minutos. La simple proposición le da pánico. Pero la complejidad no termina ahí. Incluso una vez que aceptamos “desperdiciar” esos treinta minutos sin hacer nada, el permanecer en silencio no resulta tan sencillo como parece. Aunque crucemos las piernas en flor de loto y nos dispongamos con toda convicción a dejar nuestros pensamientos para después, esto no ocurre fácilmente. La realidad es que, a pesar del aura de espiritualidad que conlleva la palabra “meditación”, lo que uno vive al proponerse esos modestos treinta minutos de vacío mental es muy diferente a lo que se espera y la mayoría de las veces tiene que ver más con las fantasías de lo que vamos a comer después de la clase y de la ropa que olvidamos recoger en la tintorería, que con la tranquilidad y el silencio de espíritu.

¿Qué hacer entonces con ese antojo que tenemos de molletes y con la lista de pendientes que se nos olvidó hacer la noche anterior?

¿Cómo postergar esas cuestiones urgentes que súbitamente demandan toda nuestra atención?

Swami Vivekananda, el primer monje hinduista en viajar a Estados Unidos a finales del siglo XIX a enseñar la filosofía de Raja Yoga, explicaba que basta con que uno quiera aquietar la mente para que todos esos pensamientos latentes salten y ataquen como tigres. El que uno quiera suprimirlos es precisamente lo que provoca que actúen con más fuerza de lo normal. Para contrarrestarlos, Vivekananda recomienda meditar concentrándonos en un solo objeto, ya sea un objeto material o uno sutil. Puede ser, por ejemplo: una imagen, la respiración o alguna idea. Si nos sentamos y enfocamos nuestra atención por suficiente tiempo en el objeto que hayamos escogido, eventualmente habrá un sólo pensamiento que ocupará todo el espacio de nuestra mente y limitará la acción de los otros pensamientos que nos distraen.
La enseñanza de Vivekananda tiene sentido y suena lógica, pero llevarla a cabo no es cuestión de un par de horas ni de un par de años; es una enseñanza de vida. Por eso, quizás lo más recomendable sea olvidar los objetivos lejanos que pueden parecer inalcanzables y darnos la oportunidad de percibir el estado de nuestra mente como sea que se encuentre el día de hoy: desvelada, distraída, enojada o en paz. Este experimento vale la pena si no por otra cosa, aunque sea para percatarnos de las piruetas que da la mente cuando nos disponemos a observarla por un rato. Esto no es tan complicado y lo podemos hacer todos. Además, es algo que se puede comenzar modestamente. Olviden el retiro en las cumbres del Himalaya, enfoquen su atención en el tiempo que tarda la luz del semáforo en ponerse verde.