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No encuentro nada cuando medito

Aquella luz brillante o múltiples colores que “meditadores” claman experimentar no forman parte de mi repertorio. Podría provocarlo todo con mi imaginación, como una forma de auto gratificarme, mas sin embargo son sólo fabricaciones mías, nada espontáneo surge… Cuando me siento a meditar, me encuentro con mis pensamientos habituales, algunos asociados con los temas vigentes de mi vida, o quizá también, como amenizador ambiental, brota la última canción que se me ha pegado y que sigue tocando en mi mente, aún cuándo no medito… Nada especial.
    
Entonces mi pregunta es: ¿Hay algo que buscar al meditar? Mi intuición es que no. Pero lo sigo haciendo… ¿Por qué?? ¡Créeme que no me entretengo para nada! A diferencia de lo entretenido que puede ser una película, lo que aparece en el Smartphone, o el trabajo mismo, la meditación no distrae, más bien trae a lo que está ahí, tal cual, sin sensacionalismo, sin extravagancias… Es una actividad que confronta con lo que es acerca de uno: bonito o feo, divertido o aburrido…

Pero la intriga prevalece en mi, eso es un hecho. Te preguntarás, ¿qué es lo que me hace volver ahí una y otra vez?  Se trata de una relación. Desde que nacemos entramos en relación con todo cuan nos rodea: el medio ambiente, el espacio, nuestros padres, hermanos, amigos y gente en general. A lo largo de la vida, nuestro enfoque se vuelve primordialmente externo; es necesario para sobrevivir. Sin embargo, el enfoque interno es el que nos da la referencia de qué es lo que significa aquello que entra en relación con nosotros. De alguna manera u otra, hay que aplicarlo, es inevitable.

No podría decir que meditar sea una necesidad, sin embargo puede ser una herramienta muy útil cuándo se desea objetividad en las propias percepciones del mundo. Si se pone a un lado el factor entretenimiento y solo se sienta uno con los ojos cerrados dispuesto a recibir lo que sea que se manifieste, lo que se empieza a dar con el tiempo es una familiaridad con la propia mente y el propio Ser. Aquí es dónde nace la verdadera relación.

De la misma manera en que marido y mujer entablan una relación de tolerancia, aceptándose mutuamente sus virtudes y defectos ya bien conocidos, uno puede ser capaz de tocar la familiaridad de sus propios pensamientos y lo más armonioso posible. Claro que para ambos casos, si la relación ha de mantenerse sana, se requiere de apertura para escuchar o escucharse sin juicio alguno; posicionarse en un lugar neutro para captar lo más posible y puro lo que el otro (o uno mismo) tiene que expresar. Pero sabemos que tal esfuerzo bien vale la pena.

A diferencia de la relación de pareja, la relación con uno mismo no se puede abandonar en ningún momento. Uno podría ignorarse a sí mismo, sin embargo uno sigue pegado ahí. ¿Qué mejor que aceptar esta relación inevitable y darse la bienvenida para cultivar continuamente la convivencia? Digo continuamente por que siempre hay descubrimientos nuevos sobre uno que aceptar…

Aunque a ratos esta relación puede parecer insoportable, los frutos de quedarse ahí bien valen la pena. Valores como paciencia, tolerancia, compasión y empatía se van desarrollando con el tiempo y van impregnando los pensamientos, las palabras y las acciones. ¿Será que para eso estamos vivos?

Miriam Hamui es Maestra certificada de Hatha Yoga (250 hrs.) y Vijnana Yoga (800 hrs.)
www.miriamyoga.com
blog: http://miriamhamui.wordpress.com

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