Ojalá tiembles

Ojalá tiembles

Hay momentos que nos marcan, que se quedan. Uno esperaría que la mayoría fueran buenos, pero no siempre es así. Es el claroscuro de la vida. La noche y el día dándose paso ante la vida.

Afortunadamente he tenido de todo en estos 47 años. Eso me hace quien soy. Cada cicatriz un recuerdo, cada beso un sueño, cada hecho poderoso una historia que contar.

No tengo arrepentimientos, ya no tengo hubieras, sigo con deseos, supongo que eso me hace querer seguir vivo. Pero no me mal entiendas, si la huesuda me lleva, pues que así sea, porque este viejo loco y ciego no se amedrenta.

Y si la noche cae, ya veré la forma de encontrar camino a casa. No podemos evitar que la dama de la fortuna ruede sus dados hacia el otro lado.

10 de noviembre del 2018, no hubo tiempo de ensayo, los tapetes apenas desenrollados, el celular desconectado y cada aspecto afinándose poco a poco entre las bellezas de plata y yo. 200 almas buscando vibrar alto. 200 expectativas, quizás esperanzas, aguardando con cierta impaciencia el inicio de “la clase”.

Nervios no puedo decir que me dio, solo una sensación de urgencia enfocada hacia los detalles. Una foto por aquí, una foto por allá, curiosidades que me calman, pausas que relajan a la mente obsesiva.

La fiesta estaba lista y el “telón” se abrió. Mi querido Ricardo llevándome a las lágrimas con palabras hermosas, abriendo plaza, preparó la entrada. Hace años me hubiera apenado con tanto elogio, hoy abrazo cada gesto directo al corazón.

¿Y si hoy fuera nuestra última noche?

No es que lo deseo, pues me encantaría darle a mis hijos por lo menos unos 30 más. Sin embargo, si así fuera, ¿que haríamos? Así comencé dos horas de aventuras en el tapete. Así inicio el Rock and Soul del Encuentro Nacional de Yoga.

A todos les afirmé que yo estaría exactamente donde estaba. Con las personas que estaba. Haciendo lo que estaba. Y no es que cada instante podamos estar con quien queremos o haciendo lo que deseamos, pero si la norma es distinta a nuestros deseos…como ¿para qué?

Seguí con una platica que se hiló desde el Bhagavad Gita hasta Kung Fu Panda y Freddie Mercury para clarificar esta imperiosa necesidad de despertar y liberar la mente. Lo maravilloso que puede ser vivir auténticos, vivir en rebeldía con el conformismo. Queremos Rock!

Ya que las palabras establecieron el acento de la sesión meditamos en un mar de Om, repetimos el Soul Mantra apropiado, danzamos con secuencias namaskar fluyendo al ritmo de Aerosmith, ACDC y Lenny Kravitz, detalles que erizarían la piel de los muchos seguidores de “lo tradicional” y levantarían de su tumba al mismísimo Patanjali.

Hago de mi vida una aventura

Vivo cada momento con locura

El universo entero espera

A que despierte

A que me libere

Una de las maravillas de ser libre es que el dogma no ata. El que dirán da lo mismo. Y las normas que siguen los demás solo hace cosquillas.

Algunos Jadeos, uno que otro grito liberador e invocaciones al Om Namah Shivaya, se llevaron rápidamente la primera hora. El Soul poco a poco haciendo su magia.

Solo eres polvo en el viento, un soplo del universo, cenizas que se lleva el tiempo.

La mente iba derritiéndose, la respiración haciendo su trabajo. Mucho sudor, algunas lágrimas, el calor aumentando, la intensidad elevándose y el salón entero a reventar.

Polvo en el viento, solo eres polvo en el viento, aliento divino, una estrella que brilla en el hermoso firmamento.

La música de Kansas y Led Zepellin sirvió como gasolina para el cohete que nos elevó al cielo durante la segunda parte del vinyasa. Cada postura se ligó a la perfección, una danza con Nataraja. Y para sellar la secuencia, la inolvidable “With or without you”, que terminó por deshacer a cada uno de los demonios.

En toda tormenta hay un ojo de huracán, un pequeño espacio, una pausa de paz absoluta. Así fue la secuencia después del delirio vinyasero.

Que no importe lo que piensen. Que no importe lo digan. Que no importe lo que sepan. Solo tú sabes. Confía en quien eres. Nada realmente importa.

Los cuerpos estaban vencidos, la mente rendida y acomodada en postración total. La armonía de la  respiración profunda, la mente vencida, el corazón abierto y dispuesto, todo exacto, todo perfecto.

Pero faltaba la cúspide, la catarsis, lo verdaderamente retador de la clase, la Kriya. Como si hacer tanto disparate no fuera suficiente. Al ritmo de Queen y “We will rock you”, un mar de brazos igualaron al mismísimo Wembley. Yo un Freddie Mercury reencarnado en región 4. Cada palmada, cada movimiento de brazo, notas que nos acercaron al cielo. Y cuando pareció que no se podía más. “Sound of silence” invitó a mantener la voluntad, a empujar los límites al alma.

Hago de mi vida una aventura

Vivo cada momento con locura

El universo entero espera

A que despierte

A que me libere

Así gritaron los doscientos. Fue tanto grito, que al momento de cantar Om Narayana para cerrar, la voz falló, a penas se pudo suspirar. Pero eso no nos detuvo. Cantamos a Dios, cantamos al alma, cantamos al universo entero agradeciéndole la oportunidad de vivir y gozar.

Y la vida nos respondió con un regalo inesperado. Al final, casi terminando el mantra, comenzó a sonar una alarma. Con plena presencia no dudamos y se logró guiar a esas 200 almas fuera del salón. Sin prisa pero sin pausa cada cual salió poco a poco del aula. Ya afuera, la gente cantó mantra, como para avisar a los demás…aquí el corazón tembló. Casi inmediatamente los guardias nos invitaron a reingresar avisando que había sido falsa alarma.

Wow que final! Ese hecho, absolutamente sorpresivo y asombroso, más que molestarnos, encantó, pues reforzó lo que cultivamos por horas. Gracias a la alarma pudimos probar Yoga más allá del tapete, Yoga en las calles, Yoga en el alma.

Y yo, días después, a pesar de que la tierra no tembló, sigo temblando. No de miedo, sino de absoluto y completo amor.

 

Por Alejandro Quiyono